Capítulo 9. “EL
COMIENZO DE LAS RELACIONES SOCIALES: LA MADRE”
DELVAL, Juan; “EL
DESARROLLO HUMANO”; México; Siglo XXI Editores, 1996
El hombre es ante todo un animal social, y la vida humana,
tal y como la entendemos hoy, sería imposible si los otros no existieran. No
sólo la vida del adulto aislado sería difícil de concebir, sino que la del niño
sería inimaginable. Casos como la historia de Robinsón Crusoe, el personaje de
la famosa novela de Daniel Dofoe que sobrevive solo durante años en una isla
antes de encontrar a “Viernes”, lo que vienen a mostrar es la necesidad que
tenemos de los otros y la precariedad de la vida de un hombre solo. Robinsón
además del adulto e incluso ha conservado muchas de las producciones de la
sociedad, a través de los restos salvados en el naufragio. En el caso del niño,
el aislamiento tiene efectos más patéticos todavía porque no puede llegar a
desarrollarse y convertirse en un adulto sin el concurso de otros adultos, pero
además la investigación reciente ha mostrado que la compañía y el cariño de los
otros es algo tan necesario para el desarrollo como la alimentación, y que, por
tanto, se encuentra entre las necesidades básicas.
En la mitología y la literatura hay ya historias sobre niños
que se han criado en aislamiento, amamantados por animales, como Rómulo y Remo,
los fundadores mitológicos de roma, que sobreviven gracias a los cuidados de
una loba. Esas historias ponen de manifiesto precisamente lo excepcional o
milagroso de esas situaciones. En épocas más recientes se han ido recogiendo
casos de “niños lobos”, “niños selváticos”, seres con profundas privaciones
sociales, situados entre los hombres y los animales. Aunque los datos de que se
dispone respecto a la mayoría de los casos no son completamente fiables, casi
todas las historias de estos seres (entre las que se cuentan las de Víctor de
l’Aveyron, plasmada por Truffaut en la película El niño salvaje, y la de Kaspar
Hauser, que ha dado lugar a la película de Herzog del mismo título) muestran
que esos niños o adolescentes, encontrados tras largos años de vida en
condiciones precarias y de gran aislamiento, tenían una conducta muy alterada,
muy lejos de los logros de sus compañeros de edad, y que el daño era en su
mayor parte irreparable.
Gran parte del éxito adaptativo del hombre, hay que
atribuirlo, sin duda, a su gran capacidad para cooperar (y quizá también para
competir de una manera positiva) con otros hombres. El ser humano no sólo puede
vivir como sus parientes animales con congéneres en grupos, sino que puede
cooperar estrechamente con otros en la realización de tareas y, además, pueden
mantener vínculos sociales a lo largo de grandes períodos de tiempo y con
individuos que están alejados. Su capacidad social se apoya, en este caso, en su desarrollo
intelectual y nuevamente la conexión entre ambas cosas es estrecha. Podemos
pensar que el desarrollo social y las relaciones con otros hacen posible la
asimilación de la cultura, y contribuye poderosamente al desarrollo
intelectual, pero a su vez éste es el que hace posible el mantenimiento de
relaciones sociales muy extensas en un marco que desborda, completamente, las
relaciones inmediatas. Los hombres pueden relacionarse con individuos del
pasado a través de vestigios de textos escritos, de objetos, y también pueden
mantener comunicación con otros individuos que están alejados en el espacio
apoyándose para ello en la representación.
El hecho de que el hombre nazca inmaduro exige, la presencia
de adultos que se ocupen y satisfagan las necesidades de la cría durante largo
tiempo. Esta situación no es única, sino que es compartida con otros primates
aunque en el caso del hombre, la relación sea más prolongada, más intensa, y
con consecuencias más duraderas, si puede hablarse así.
Así pues, la capacidad para establecer y mantener vínculos
sociales es un aspecto muy importante del desarrollo humano, y es comprensible
que a lo largo de la evolución se hayan seleccionado conductas que favorezcan
el contacto y la cooperación con otros seres humanos.
Harlow y Harlow (1966) han distinguido en los primates cinco
sistemas afectivos distintos o que pueden estudiarse separadamente. Esos
sistemas afectivos son: el maternal o materno-filial, es decir, las relaciones
que se establecen entre la madre y la cría; el sistema filio-maternal, que es la relación que se
establece entre la cría y la madre y que hay que considerar separadamente,
porque no es una relación simétrica con la anterior, sino una relación que
puede considerarse como recíproca. El sistema afectivo de los compañeros de
edad o camaradas, que desempeña un importante papel en la segunda fase del
desarrollo. El sistema afectivo sexual y heterosexual, que da lugar a las
conductas sexuales adultas que sirven entre otras cosas para la procreación. El
sistema afectivo paterno, que produce respuestas positivas de los machos
adultos hacia las crías y jóvenes.
Naturalmente, las relaciones entre estos distintos sistemas
son estrechas y probablemente sirven a una finalidad común. Aunque existen
diferencias entre unas especies y otras, también hay considerables similitudes
que podrían llevarnos a suponer que hay componentes, determinados
biológicamente, en esas conductas.
La necesidad del
contacto social
Así pues, parece claro que para sobrevivir el niño necesita a
los demás, necesita adultos que se ocupen de él y satisfagan sus necesidades
más elementales. Cuando tiene algún malestar, hambre, sueño, dolor, calor,
frío, está en una mala postura, etc., se produce una reacción refleja de
llanto. No es que el niño esté llamando a nadie, pero es probable que en las
proximidades del bebé hay un adulto, porque no es costumbre dejar a los bebés
abandonados durante mucho tiempo. El llanto va a tener como efecto que el
adulto se acerque y trate de confortar al bebé, eliminando, en la medida de lo
posible, la fuente de malestar. A lo largo de la evolución se han seleccionado
conductas beneficiosas para la supervivencia de los individuos y de la especie;
las llamadas del niño para pedir ayuda y contacto y luego para interaccionar
con los adultos, así como el interés de éstos y sus respuestas a las demandas
del niño, forman parte de esas conductas.
Konrad Lorenz, el destacado investigador del comportamiento
animal, ha señalado que existen unos rasgos infantiles en las crías que sirven
para desencadenar en los adultos respuestas paternales y que los adultos tienen
una predisposición innata para atender a las crías. El aspecto infantil se
caracteriza por una cabeza muy grande frente a un cuerpo pequeño, con una gran
frente abultada, unos ojos proporcionalmente muy grandes situados muy abajo en
relación con la frente, barbilla poco abultada y, en general, rasgos suaves y
redondeados. Estos rasgos están presentes en muchas especies y también se
aplican al hombre.
Esa propensión favorable hacia las crías se manifiesta
especialmente en los animales que están criando, y sirve para garantizar las
atenciones que necesitan. En los hombres es bastante marcada, a todos nos
gustan las crías, y no sólo de nuestra propia especie. La predisposición
favorable es muy utilizada por los fabricantes de muñecos, que exageran los
rasgos infantiles, y también en las ilustraciones de cuentos y en las películas
animadas con esos simpáticos personajes que atraen a niños y adultos, como el
ratón Mickey, o los pitufos.
El niño responde al cuidado que se le presta y muy pronto
empieza a establecer relaciones con las personas con las que está en contacto.
Eso no quiere decir que diferencie e identifique a las personas desde el
principio. Posiblemente hay un interés inicial por las personas porque son
fuentes privilegiadas de estimulación, mucho más versátiles que las cosas. Las
personas producen estímulos de varios tipos, visuales, sonoros, táctiles, etc.,
y además son iniciadoras de acciones. Esto necesariamente tiene que interesar
al niño que es un buscador de estimulación.
Algunos autores defienden que los bebés tienen una
"disposición” social que les hace responder y reconocer de alguna manera a
las personas desde el principio. No puede afirmarse con total certidumbre que
no sea así, pero las pruebas a favor no resultan muy claras. En múltiples
campos del desarrollo se ha ido descubriendo que el hombre no dispone al nacer
de capacidades muy especializadas, sino otras muy generales que se van
especializando gracias al contacto con el medio y los intercambios con los
otros.
Por ello parece que el niño no empieza identificando y
diferenciando a unas personas de otras y quizá ni siquiera de los objetos. Lo
que empieza reconociendo son situaciones que se han producido anteriormente en
su corta vida, situaciones de las que forman parte también las personas.
Reconoce la situación de la alimentación, del baño, o del cambio de pañales, y
dentro de ellas reconoce también las posiciones en que se le coloca para mamar
o para bañarle, lo cual le va a permitir pronto anticipar lo que va a suceder.
Hitos en el
establecimiento de las primeras relaciones sociales
Hay una serie de fenómenos que ponen de manifiesto el
progreso social desde momentos tempranos del desarrollo. Durante el segundo mes
de vida se produce la sonrisa social, que va unida a un interés por las
personas. La sonrisa aparece desde muy pronto, pero sólo es hacia las cuatro o
seis semanas cuando empieza a manifestarse como una respuesta a estímulos
externos (antes lo es sobre todo a estímulos internos, a la sensación de
bienestar, es la denominada sonrisa fisiológica) y poco a poco va asociándose
con estímulos sociales y con la cara humana.
Se produce también hacia esta época un interés por las
personas como fuentes de estímulo privilegiadas, aunque probablemente todavía
no exista un reconocimiento de las personas en cuanto tales y sobre todo una
diferenciación entre ellas.
Hacia los siete u ocho meses (tomando siempre estas edades
como una referencia), se produce un conjunto de hechos que señala un paso
adelante. Hacia esa edad se forman lazos más estrechos con una o varias
personas específicas, en particular con la madre o la persona que cuida más
permanentemente al niño. Pero además se produce lo que se llama la ansiedad por
la separación, es decir, manifestaciones claras de disgusto cuando se produce
una separación. Si la separación se prolonga, el niño cae en un estado de
ansiedad, de disgusto, de agitación y tanto las separaciones como los
reencuentros tienen un marcado carácter emocional. Se ha señalado que si los
niños se separan antes de esta edad, como por ejemplo para adoptados en otro
medio familiar, se pueden producir ciertos desajustes debidos al cambio de
prácticas y de rutinas pero que no son comparables con los efectos que tienen las separaciones
posteriores a partir de los siete u ocho meses. Ello sería debido a que todavía
no se han formado los apegos.
Y un tercer hecho notable que se produce hacia esta edad es
el miedo a los extraños, que antes no se producía. Los niños de pocos meses
pueden ser tomados y responden igualmente bien a diferentes personas pero a
partir de los siete u ocho meses se empiezan a manifestar reacciones de
disgusto y de rechazo hacia las personas desconocidas y tendencia a orientarse
hace las personas conocidas, con las que haya apegos, si están presentes.
Todos estos hechos anteriores constituyen una serie de
mojones importantes en el establecimiento de las relaciones con otros que han
sido señaladas por los psicólogos.
Hay que señalar que el niño aprende de la regularidad de los
acontecimientos. Cuando las cosas se producen siempre de una misma manera,
cuando los acontecimientos. Cuando las cosas se producen siempre de una misma
manera, cuando los acontecimientos se desarrollan con un cierto orden
constante, el niño tiene muchas más posibilidades de adecuar su conducta y
también de realizar anticipaciones, produciendo esa adecuación incluso antes de
que los acontecimientos tengan lugar. Generalmente los adultos se comportan de
una manera regular en las rutinas del cuidado del niño, en darle de comer,
limpiarle, interaccionar con él, calmarle, etc. Esa constancia resulta entonces
muy importante para el desarrollo.
Las expresiones
emocionales
Los seres humanos no nos encontramos siempre en la misma
situación anímica, sino que vemos alterados nuestros estados de ánimo cuando
suceden ciertas cosas a nuestro alrededor, es decir, experimentamos emociones,
como la alegría, el miedo, la tristeza o la ira. Cuando se produce un
acontecimiento que tiene especial significación para nosotros experimentamos
cambios en nuestro estado emocional, lo que facilita nuestras reacciones en
esos momentos. Además sirven para comunicarlas a los demás pues se manifiestan
de diferentes maneras, en la expresión del rostro, en movimientos, en
vocalizaciones y también producen alteraciones fisiológicas, como modificar la
atención, variar el ritmo cardíaco, segregar determinadas hormonas, etcétera.
Hacia la mitad del siglo XIX Charles Darwin se interesó por
el estudio de las emociones, pues le llamó poderosamente la atención la
semejanza entre las expresiones emocionales en distintos países, entre hombres
de distintas razas, e incluso entre hombres y animales, y supuso que tienen un
importante valor adaptativo para la supervivencia de los individuos, pues ponen
en marcha en un nivel muy básico, sin necesidad de tomar conciencia de ello,
respuestas adecuadas a la situación.
Las emociones tienen también un gran valor comunicativo. La
alegría nos permite alcanzar nuestro objetivo con más vigor y manifiesta a los
otros el placer que la situación nos proporciona, la tristeza favorece el
interés de los demás y provoca conductas de ayuda en los otros, la ira aumenta
la energía en situaciones molestas. A través de las expresiones emocionales los
demás saben en qué estado nos encontramos y pueden adoptar la conducta
apropiada.
Aunque Darwin, autor de un famoso libro: La expresión de las
emociones en los animales y en el hombre (1872), realizó una valiosa
contribución al estudio de las emociones y otros psicólogos se interesaron por
esos estudios, en épocas más recientes el estudio de las emociones ha
permanecido estancado. Una de las razones por la que esto ha sucedido es porque
las emociones son algo íntimas, interno, privado y resultan difíciles de
estudiar. Sin embargo, a partir de los años setenta, se han empezado a utilizar
métodos más precisos para estudiar las emociones, y entre ellos el análisis
detallado de las expresiones faciales. Autores como Ekman (1972); Ekman y
Friesen (1971); Ekman y Oster (1979) e Izard (1971), entre otros, han diseñado
sistemas para analizar las expresiones faciales emocionales en sus dos
componentes. La cara posee 18 músculos faciales superficiales y cinco profundos
que intervienen de distinta manera para dar una determinada expresión y cada
emoción tiene unos componentes específicos. El sistema de Ekman consiste en
analizar el movimiento de los distintos músculos y de esa manera se puede
determinar con exactitud cuál es la expresión.
Gracias a estos procedimientos se ha podido comprobar con
precisión que las expresiones emocionales son comunes a todos los seres humanos
y se han tratado de detectar expresiones emocionales básicas. Aunque hay
ciertos desacuerdos entre distintos autores hay un gran acuerdo para considerar
la alegría, tristeza, ira, miedo, sorpresa, desagrado e interés, como emociones básicas. La tristeza
dirige un estado negativo hacia el propio sujeto, mientras que la ira o rabia
que se manifiesta ante una frustración, dirige los efectos hacia el exterior,
tratando de eliminar los obstáculos. El miedo/terror es una anticipación de un
peligro y se manifiesta en la evitación y la huida.
En el bebé, que todavía no puede hablar, las emociones tienen
una enorme utilidad para establecer la comunicación con los demás, para
informar a los otros de sus necesidades. Puede esperarse entonces que la
aparición de las emociones dependa del momento en que pueden desempeñar una
función adaptativa. Hasta hace poco se suponía que los recién nacidos tienen
una única expresión emocional, un estado de excitación indiferenciado, del que
se irían distinguiendo emociones específicas. Sin embargo, como vimos en el
capítulo 5, los recién nacidos diferencian los sabores y lo manifiestan
mediante llantos diferenciados. Hoy se tiende a suponer que el interés,
disgusto y malestar, así como un precursor de la sorpresa, aparecen en los
neonatos, y que la rabia, la sorpresa y la alegría se manifiestan hacia los
cuatro meses, mientras que el miedo y la timidez surgirían en la segunda mitad
del primer año. Al mismo tiempo, las madres creen reconocer en sus hijos las
expresiones emocionales desde muy temprano a través de las expresiones
faciales, vocales, los gestos y movimientos de los brazos. En un estudio se
encontró que las madres de niños de tan sólo un mes, creían reconocer en un 99%
el interés, en el 95% la alegría, en el 84% la ira, en el 75% la sorpresa, en
el 58% el miedo y en el 34% la tristeza.
Quizá sólo se trate de atribuciones que hacen las madres, pero, en todo caso,
sirven para que respondan de forma diferenciada y posiblemente contribuyen así
a consolidar las expresiones emocionales de sus hijos y la capacidad de
comunicación.
Con el crecimiento va variando la manera de manifestar las
emociones y cómo influyen en las acciones. Por ejemplo, cuando se frustra a un
bebé de cuatro meses, limitando sus movimientos, dirige la ira hacia la causa
inmediata, por ejemplo, hacia la mano que lo sujeta, mientras que hacia los
siete meses se dirige hacia la persona que lo frustra. Ante inyecciones, los
niños manifiestan primero cara de dolor, pero a partir de los siete meses
expresan ira.
La sonrisa es un elemento importante de las relaciones
sociales, pero inicialmente sería una expresión refleja, que pronto se produce
como expresión de satisfacción y de bienestar. Ese bienestar se manifiesta con
frecuencia como reconocimiento de situaciones anteriores y así el niño sonríe al
patito de plástico, al sonajero, a la lámpara de la habitación. Los adultos
refuerzan intensamente la aparición de la sonrisa con gestos de alegría, con
mimos, con expresiones vocales o movimientos dirigidos al niño. Así, poco a
poco, se va especializando como una conducta de tipo social, y ésta es la forma
que va a adoptar primordialmente y eso favorece que se vuelva a producir y que
se convierta en un elemento sobre todo a otros seres humanos, aunque no sólo.
De este modo los adultos sonreímos sobre todo a otros seres humanos, aunque no
sólo. La risa abierta aparece algo más tarde y es una manifestación más intensa
que sirve además para descargar la tensión.
Las emociones se van socializando y las madres imitan las
expresiones emocionales de sus hijos, pero se van limitando, a medida que
crecen, a repetir las expresiones emocionales positivas y así se enseña a los
niños a limitar y controlar las expresiones negativas. De todas formas ese
control está relacionado con la capacidad cognitiva y con la previsión de las
consecuencias que las emociones tienen en los otros.
Pero los bebés no se limitan a expresar sus emociones sino
que muy pronto son capaces de reconocerlas en los otros y de interpretarlas
adecuadamente. Parecería que esa discriminación aparece hacia los tres meses
todavía de una forma incipiente, pero hacia los cuatro – cinco parece clara la
distinción y si se presentan caras con distintas expresiones emocionales, las
de alegría y tristeza atraen más la atención y las miran más, mientras que la ira,
el miedo, el desagrado o la tristeza tienden a evitarse e incluso provocan
lloros en el niño (Iglesias, 1985). Ya desde los tres meses los niños
manifiestan síntomas de disgusto ante la cara inmóvil e inexpresiva de la
madre, o ante su cara de tristeza. Así pues, los bebés son buenos reconocedores
de las expresiones de los adultos más próximos y pronto van aprendiendo a
responder a esas expresiones de forma adecuada. A partir del segundo año los
niños son sensibles a las situaciones de tensión en los adultos y también son
capaces de reconfortar a una persona en una situación negativa.
La primera relación
social
En los contactos repetidos del niño con su entorno se van
estableciendo situaciones que se repiten una y otra vez de forma muy regular.
Así, de ese conjunto de relaciones con personas y cosas, va emergiendo una
relación especial con la persona que le cuida más directamente, con la figura
materna, que puede ser su madre natural, una persona que desempeñe esas
funciones, o cualquier otra persona, pues parece que esa importante relación se
puede establecer con cualquier adulto (y posiblemente incluso con un niño
mayor).
Si se piensa un poco sobre cómo se establece esa relación lo
primero que se le puede ocurrir a uno es que la alimentación, la limpieza y la
satisfacción de las primeras necesidades ligadas a la supervivencia deben ser
el momento y la causa del establecimiento de los primeros vínculos. Y así lo
pensaron también psicólogos, psiquiatras y otras personas relacionadas con el
desarrollo del niño, que durante largo tiempo sostuvieron que esa primera
relación se establecía a través de la satisfacción de las necesidades del niño-
Dado que el niño necesita que le alimenten, que le limpien, que mantengan su
confort y que esa tarea la realiza generalmente una misma persona y va
estableciendo una relación con ella. Con el tiempo la relación se independiza
de la satisfacción y el niño encuentra un placer en la relación y el contacto
con esa persona por sí mismo. Así a través de la satisfacción de una necesidad
primaria se establecería una relación secundaria, que con el tiempo se haría
autónoma.
Hoy consideramos que esa primera relación es muy importante
para el desarrollo posterior del individuo, y que puede marcarle en su vida
futura, pero no siempre se ha visto así. Todavía a finales del siglo XIX se
pensaba que la etapa más importante para la formación del carácter era la
adolescencia, y así lo mantenían psicólogos de prestigio. Fue el médico vienés
Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis, el que insistió en la importancia
de los primeros años de vida para el desarrollo del niño, y defendió además que
la relación con la madre constituye el modelo de todas las relaciones afectivas
posteriores.
Una vez admitida la importancia de esa relación, que hoy casi
nadie pone en duda, se trata de determinar cómo se produce. Psicólogos de muy
distintas tendencias, incluido el propio Freud, ah sostenido que la relación se
establecía a través de la satisfacción de las necesidades, como acabamos de
señalar. Freud, en uno de sus últimos escritos, el Esquema del psicoanálisis,
redactado en 1938 escribe:
El primer objeto erótico de un niño es el pecho de la madre,
que lo alimenta; el amor tiene su origen en la dependencia de satisfacer la
necesidad de alimento. No hay duda de que en principio el niño no distingue el
pecho del propio cuerpo, cuando el pecho ha de ser separado del cuerpo y
aislado en el “exterior”, porque el niño percibe su ausencia repetidas veces,
entonces, como un “objeto”, lleva consigo una parte de la catexis libidinosa
narcisista primitiva. Este primer objeto llega a completarse más tarde hasta
formar la persona de la madre, que no sólo alimenta al niño sino que cuida de
él y provoca así en el mismo cierto número de sensaciones físicas diversas, placenteras
y penosas. Al cuidar del cuerpo del niño se convierte en su primera seductora.
En estas dos relaciones se halla la raíz de la importancia de la madre, sin
paralelo, establecida inalterablemente para toda la vida, como el primer y más
fuerte objeto amoroso y como el prototipo de todas las relaciones amorosas
posteriores –para ambos sexos. En todo esto los fundamentos filogenéticos
predominan de tal modo sobre las experiencias personales accidentales que no
importa si un niño ha mamado realmente o si ha sido criado con biberón y nunca
gozó de las ternuras del cuidado materno. En los dos casos el desarrollo sigue
el mismo camino; puede ser que en el segundo su nostalgia posterior sea mayor.
Y por mucho tiempo que haya sido alimentado por el pecho materno, siempre le
quedará la convicción, al ser destetado, de que su alimentación fue demasiado
corta y demasiado escasa (Freud, trad. cast. P. 1047).
La explicación parecía muy razonable y fue adoptada por otros
investigadores de corrientes tan alejados aparentemente del psicoanálisis como
el conductismo. En 1928, Watson sostenía en su libro Psichological care of
infant an child , que el amor es una respuesta condicionada igual que el miedo,
y él había tratado de mostrar que el miedo se podía condicionar. Decía:
El amor se produce en casa, se construye. En otras palabras
el amor está condicionado. Usted dispone de todo lo necesario durante todo el
día para establecer respuestas condicionadas de amor. Tocar la piel hace el
papel de la barra de hierro, la visión de la cara de la madre hace el papel del
conejo en los experimentos sobre el miedo. El niño ve la cara de la madre
cuando le acaricia. Pronto la simple visión de la cara de la madre produce la
respuesta amorosa. El tocar la piel ya no es necesario para producirla. Se ha
formado una reacción condicionada de amor (Watson, 1928).
Hay mucha similitud entre estas dos explicaciones. En ambos
casos el amor, la relación, se establece sobre la satisfacción de las
necesidades más importantes y urgentes: la alimentación o el confort. El niño
empieza a amar a la persona que le satisface esas necesidades. Una pléyade de
investigadores siguió estas ideas.
El descubrimiento del
apego
La explicación parece muy clara, y hasta evidente, pero quizá
uno de los avances más importantes de la psicología en época reciente hay sido
mostrar que era falsa, y que la relación con los otros es una necesidad
primaria, que se establece al margen de la alimentación y la satisfacción de
otras necesidades.
El etólogo Konrad Lorenz, que mencionábamos antes, había
observado que muchas aves, después de salir del cascarón, siguen al primer
objeto que se mueve en sus proximidades y establecen una relación muy fuerte
con él, que se mantiene hasta que el animal se convierte en un ser
independiente. Lorenz consiguió que patos y ocas se vincularan a él mismo y le
siguieran por doquier, emitiendo pitidos de llamada y esperando que él les
contestara como si fuera su madre. Se denominó troquelado a esa primera
relación que las aves establecen con un objeto que se desplaza. En las
condiciones naturales, ese objeto suele ser la madre, y Lorenz sostuvo que
establecer esa relación, cuando el animal comienza a poder desplazarse por sí
sólo, era muy importante para su supervivencia, ya que el adulto con el que establece
el vínculo le protege de infinidad de peligros y facilita que llegue a
convertirse en un adulto. Cualquier cosa que favorezca el mantenimiento de la
proximidad con un adulto es algo beneficiosa para la cría y Lorenz afirmaba que
a lo largo de la evolución se han seleccionado esas conductas. (…)
A partir de estos estudios, dos vías de investigación
independientes contribuyen a entender la importancia de esa relación en los
mamíferos superiores: los trabajos del psiquiatra inglés John Bowlby observando
niños y los estudios del psicólogo norteamericano Harry Harlow que trabajaba
sobre los efectos de la privación social de los monos.
John Bowlby, tras estudiar diversos casos de privación
afectiva durante la infancia, partiendo de la teoría psicoanalítica de Freud, y
apoyándose también en el estudio de la formación de vínculos en los animales,
formuló a partir de 1958 la teoría del apego, según la cual la relación con los
otros es una necesidad primaria y tiene un importante valor para la
supervivencia de los individuos.
En los mamíferos no existe un troquelado del mismo tipo que en las aves, pero también se establecen
fuertes vínculos con los adultos, generalmente a partir del momento en que la
cría comienza a poder desplazarse por sí sola, cosa que en algunos casos se
produce meses después del nacimiento. Es precisamente a partir del momento en
que la cría dispone de la capacidad para alejarse cuando se encuentra más
expuesta a múltiples peligros y cuando un vínculo con un adulto resulta más
útil para favorecer su supervivencia.
Bowlby denominó a esa relación apego (attachement) y mostró
que tiene valor esencial para la supervivencia de los individuos y sería un
precipitado de la historia de la humanidad y de sus antecesores en la escala
biológica. En efecto, el hecho de que el niño se mantenga próximo a un adulto
sirve para preservarle de múltiples asechanzas y peligros y, por tanto,
contribuye a su supervivencia y a la adaptación de la especie.
Por su parte el psicólogo norteamericano Harry Harlow (1958) comenzó
a interesarse por la relación entre madre y crías en monos y llevó a cabo una
serie de experimentos que han tenido una gran resonancia. La doctora Van
Wagenen le comunicó que había observado que las crías de los monos establecen
relaciones intensas con pañales que se dejan en la jaula, y esto le puso sobre
la pista de la importancia que tenía el contacto corporal para el desarrollo.
Harlow realizó una serie de experiencias de separación de monos de sus madres
desde el nacimiento y los crió con madres sustitutas, una de las cuales
consistía en un cilindro de alambre que tenía acoplado un biberón y otra un
cilindro semejante, pero recubierto de felpa. Harlow observó que, aunque el
biberón estaba en la “madre” sustituta de alambre, los monos pasaban la mayor
parte del tiempo que no estaban mamando subidos a la de felpa e interactuando
con ella. Cuando algo asustaba a los monitos, éstos corrían a refugiarse en la
“madre” de felpa. Naturalmente este descubrimiento constituía un duro golpe
para la hipótesis de que la relación con la madre se establece a través de la
alimentación.
CUADRO 9.3. Distintas explicaciones de la formación del apego
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Autores
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Teoría
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Explicaciones
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Freud
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Psicoanalítica
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El niño recibe de la madre el alimento que necesita. Poco a poco va
estableciendo una asociación entre esa satisfacción y la persona que se la
proporciona, de tal manera que se va formando un vínculo que se vuelve
independiente de la satisfacción de las necesidades, y así se establece ese
primer amor.
|
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Watson
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Conductista
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La madre satisface las necesidades del niño y le proporciona confort.
Poco a poco se va estableciendo una asociación entre esas satisfacciones y el
rostro de la madre, de tal manera que se forma una respuesta condicionada de
amor ante la sola presencia de la persona.
|
|
Bowlby
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Etológica
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El niño no puede valerse por el mismo, y a partir del momento en que
comienza a desplazarse, el mantenerse próximo a un adulto constituye una
garantía para su supervivencia. Por ello la formación del vínculo es una
necesidad primaria, que no se apoya en la satisfacción de otras necesidades.
|
Así pues, según la teoría de Bowlby, el individuo humano
poseería entonces un sistema de conductas que tiene como resultado predecible
la aproximación y el mantenimiento del contacto con el individuo adulto que se
ocupa de su cuidado, que es la figura materna. El bebé dispone de diversos
sistemas conductuales característicos de la especie y que contribuyen a su
supervivencia. Decir que tienen como resultado predecible el mantenimiento del
contacto, significa que no es inexorable que se mantenga el contacto pero sí
muy probable que suceda.
Los componentes del sistema conductual son, por una parte,
las conductas señaladoras, como llorar, llamar o sonreír, que tienen como
función atraer la atención del adulto, y conductas más activas, como la
locomoción o trepar que sirven para establecer y mantener el contacto.
El apego sería un lazo duradero que se establece para
mantener el contacto y que se manifiesta en conductas que promueven ese
contacto. Esas conductas se harían especialmente intensas en las separaciones o
ante peligros. El niño mantiene el contacto visual con la madre y ante
cualquier modificación del medio busca el contacto directo.
Bowlby y la formación
de la teoría del apego
Hacia el final de
los años treinta y comienzo de los cuarenta se empezaron a publicar una serie
de trabajos sobre la importancia de los cuidados maternos y las influencias que
su privación producía ulteriormente. La segundo guerra mundial, que produjo enormes
alteraciones en la vida familiar y social, contribuyó al interés por el
problema al existir un gran número de niños sin familia.
John Bowlby, un psiquiatra inglés que tenía una formación
psicoanalítica, realizó en 1944 un estudio sobre delincuentes juveniles y
descubrió que un rasgo común en sus historias era una carencia de atención
materna y de afecto. En 1950 la Organización Mundial de la Salud le encomendó
que redactara un informe sobre la salud mental de los niños, que apareció en
1951 bajo el título Cuidados maternos y salud mental. En él, tras
revisar los estudios existentes, llegó a la siguiente conclusión: “Consideramos
esencial para la salud mental que el bebé y el niño pequeño experimenten una
relación cálida, íntima y continuada con la madre (o sustituto materno
permanente) en la que ambos hallen satisfacción y goce”.
Pero, como él mismo reconocía más tarde, el informe tenía un defecto.
Aunque ponía claramente de manifiesto los efectos de la privación materna, no
explicaba a qué se debían y cómo se producían; carecía de una teoría desde la
que poder explicar lo que pasaba. Por esos años un famoso biólogo, Julian
Huxley, llamó la atención de Bowlby hacia los trabajos de los etólogos y en
concreto hacia los estudios de Lorenz sobre el troquelado en las aves. La
Organización Mundial de la Salud organizó una serie de reuniones sobre el
desarrollo del niño en las que participaron etólogos, como el propio Lorenz;
antropólogos, como Margaret Mead; psicólogos, como Piaget; cibernéticos, como
Grey Walter y otros notables investigadores entre los que estaba el propio
Bowlby. El contacto con Lorenz y con Hinde ejerció una profunda influencia
sobre las ideas de Bowlby y en 1958 publicó su artículo "La naturaleza del
vínculo del niño con su madre” en el que formulaba por primera vez una
explicación en términos etológicos: el niño tiene una necesidad primaria de
vincularse a un adulto y ello constituye parte de su supervivencia. Ese mismo
año Harlow publicaba sus estudios sobre la privación social en los macacos y
ambos autores entraron en contacto.
A partir de entonces Bowlby fue acumulando una inmensa cantidad de datos
a favor de su teoría y fue elaborándola y perfeccionándola. Se preocupó por
entender no sólo la formación del vínculo sino también la separación afectiva y
la pérdida afectiva en la niñez y en la vida adulta. Su labor se plasmó en una
trilogía que constituye un hito en la historia de la psicología: El
vínculo afectivo (1969), La separación afectiva (1973) y La
pérdida afectiva (1980).
Los trabajos de Bowlby han dado lugar a grandes controversias y
numerosos investigadores, entre ellos Mary Ainsworth, colaboradora suya de los
primeros momentos, han llevado a cabo numerosas investigaciones y han
convertido el estudio de las relaciones sociales tempranas en un campo de
estudio muy floreciente. Se le ha reprochado a Bowlby haber atribuido demasiada
importancia al vínculo con la madre y haber descuidado la importancia de otras
relaciones. La investigación permitirá aclarar las cosas, pero en todo caso la
teoría de Bowlby ha abierto nuevos caminos para la comprensión del hombre.
Las etapas del apego
Aunque la relación del niño con la madre no se establezca
como resultado de la alimentación o de los otros cuidados físicos que necesita,
es cierto que los momentos de atención al niño son muy importantes para el
surgimiento de la relación. En otras culturas es costumbre que el niño esté
durante los primeros meses de su vida en contacto permanente con su madre o con
otro humano mayor que él, que puede ser una hermana mayor, tía u otro pariente.
Esos niños están recibiendo señales y contactos permanentes del adulto.
En nuestra sociedad no es así. El niño permanece muchas horas
solo, en su cuna, y los adultos le atienden cuando llora, mientras se alimenta
o tiene otras necesidades. En esas situaciones es donde interacciona con la
madre. Pronto reconoce las situaciones y la figura de la madre empieza a
emerger, a despegarse de ellas como el actor principal.
La teoría etológica sostiene que a lo largo de la vida de la
especie ha resultado esencial para su supervivencia la formación de un vínculo
con un adulto que permita el mantenimiento de la proximidad. Por eso ese
vínculo no necesitaría depender de ninguna otra necesidad, sino que sería una
necesidad primaria.
Pero el vínculo no se forma de golpe, sino que atraviesa por
varias fases. Inicialmente, el niño empieza a atender a las personas, pero sin
diferenciar a unas de otras, las diferencias sólo por algunos aspectos, pero
que no se convierten en características propias de la persona. Pero el niño empieza
a interaccionar con miradas, balbuceos, sonrisas, etc., que todavía son muy
indiferencias. Recordemos que sólo hacia los tres o cuatro meses el niño
empieza a reconocer las caras.
A partir de los tres meses aproximadamente el niño empieza a
producir respuestas diferencias hacia las personas y sobre todo hacia una o
unas pocas personas. El niño reconoce ya plenamente las situaciones habituales
y además en esas situaciones empieza a emerger la persona (o personas) que le
cuida, con la que establece un contacto diferente. Esta fase dura hasta los
seis meses.
En una tercera etapa, a partir de los seis – siete meses, el
niño no solo diferencia netamente a una persona, sino que trata de mantenerse
en su proximidad o en contacto, ya sea directo ya visual. El niño no sólo
interactúa o responde a los gestos o las señales de los otros, sino que él
mismo inicia gestos y acciones. Los comienzos de la marcha, que se desarrolla
durante esta fase, van a permitir que el niño trate de mantener el contacto
activamente, siguiendo a su madre. El niño es mucho más activo y trepa, se
mueve y protesta fuertemente cuando la madre se va. Esta fase, que es cuando
puede decirse plenamente que existe un apego, dura hasta los tres años,
aproximadamente.
El que ese apego no se empiece a establecer hasta los seis –
siete meses no es por azar sino que depende de todo el resto del desarrollo.
Hasta ese momento, el desarrollo cognitivo del niño no le permitía discriminar
claramente unas personas de otras, reconocerlas en diferentes posturas o situaciones.
Pero además los progresos de la marcha, el que el niño comience a gatear y a
desplazarse, y por tanto que pueda alejarse de la persona que le cuida, hace
necesario el establecimiento de la relación.
La cuarta fase constituye un paso muy ulterior y en cierto
modo de otra naturaleza. El apego ya ha sido construido, la relación entre el
niño y la madre está perfectamente establecida, pero el niño concibe todavía la
relación desde su propio punto de vista. Le queda por concebir a la madre como
un ser independiente de él y empezar a entender sus motivaciones, sus deseos,
sus sentimientos, sus estados de ánimo. Esto va unido también a que la
disposición de la madre hacia el niño es menor. Ya no está siempre dispuesta a
sus demandas sino que trata de disciplinarle, de “educarle”. Esto va a permitir
el establecimiento de una relación nueva, que no va a ser igualitaria, porque
no puede serlo y nunca lo será, pero en la que la madre existe como un objeto
independiente, que tiene sus propios deseos y necesidades, que pueden no
coincidir con los del niño. Esta fase se inicia hacia los tres años y puede
durar el resto de la vida.
La importancia del apego para la vida futura es enorme. Según
Bowlby, en sus relaciones con las figuras de apego, el sujeto construye un modelo
del mundo y de él mismo, a partir del cual actúa, comprende la realidad,
anticipa el futuro y construye sus planes.
En el modelo de funcionamiento del mundo que cada uno
construye, un rasgo fundamental es su noción de quiénes son sus figuras de apego,
dónde se las puede encontrar y se puede esperar que respondan. De forma
similar, en el modelo de funcionamiento del yo que cada cual construye, un
rasgo fundamental es la noción de hasta qué punto es uno mismo aceptable a los
ojos de sus figuras de apego. En la estructura de esos modelos complementarios
se basan las predicciones de cada persona acerca de lo accesibles y disponibles
que serían sus figuras de apego si se dirigiera a ellas en petición de apoyo
(Bowlby, 1973, p. 203).
En el modelo del mundo, una parte importante se refiere a las
relaciones con los otros. Los individuos pueden desarrollar un modelo en el que
se supone que otras personas están disponibles cuando uno las necesita o no lo
están y entre esas dos posiciones extremas caben todas las intermedias que
puedan imaginarse.
Desde los primeros meses en adelante y a lo largo de toda la
vida la presencia real o la ausencia de una figura de apego es una variable
principal que determina si una persona está o no está alarmada por una
situación potencialmente alarmante; desde la misma edad, y también a lo largo
de toda la vida, una segunda variable principal es la confianza de la persona,
o la falta de confianza, en que una figura de apego que es la confianza de la
persona, o la falta de confianza, en que una figura de apego que no está
realmente presente está sin embargo disponible, en concreto accesible y
dispuesta a responder, si por cualquier razón se desea eso. Cuanto más joven es
el individuo más importante es la primera variable, la presencia o ausencia
real; hasta el tercer año es la variable dominante. Después del tercer
cumpleaños las previsiones de disponibilidad o falta de disponibilidad
adquieren una importancia creciente, y después de la pubertad es probable que se
conviertan en la variable dominante. (Bowlby, 1973, pp. 203 –204).
La interacción entre el
niño y la madre
Así pues, la teoría establece que en los primeros años de la
vida se van formando vínculos con otras personas y que esos vínculos van a
tener influencia en las relaciones posteriores que se establezcan con otros. El
propio Bowlby no hizo trabajo experimental, sino que realizó un enorme trabajo
teórico (que se plasmó en su famosa trilogía) y analizó cuidadosamente los
trabajos de otros. Una de as seguidoras, Mary Ainsworth, si que ha realizado un
trabajo experimental para establecer las diferencias individuales en el apego,
siguiendo las líneas de Bowlby.
En el apego lo más importante es posiblemente la calidad de
la relación. Por eso, Mary Ainsworth distingue diversos tipos de apego. Esas
diferencias se manifiestan sobre todo en las separaciones. En efecto, el apego
es un vínculo que sirve para procurar y mantener la proximidad ebntre la cría y
el adulto. Pero sería poco eficaz y deseable para la especie un vínculo que le
permitiera la separación de uno y otro. Los niños necesitan conocer el mundo,
explorar el entorno, y para ello necesitan alejarse de la madre. Además los
niños tienen que establecer relaciones con otros adultos y con otros niños.
Un apego puede definirse como un vínculo afectivo que una
persona o animal establece entre sí mismo y otra persona y que permanece con el
paso del tiempo. La característica inconfundible del apego es procurar, obtener
y mantener un cierto grado de proximidad al objeto de apego, o cual pasa de un
estrecho contacto físico, en algunas circunstancias, a la interacción o
comunicación a una cierta distancia, en otras, (Ainsworth y Bell, 1970, trad.
cast. P. 372)
Los estudiosos del apego diferencian entonces entre apego y
conducta de apego. La diferencia es simple. El apego es propiamente el vínculo,
una especie de atadura invisible que no puede observarse directamente, que
persiste en el tiempo, y que se mantiene en la separación y la distancia. En
cambio las conductas de apego son manifestaciones visibles de apego, “conductas
que favorecen la proximidad y el contacto”, entre las que se cuentan la
aproximación, el seguimiento, el abrazo, la sonrisa, el llanto o las llamadas.
El niño que hace gestos estirando los brazos para que su madre lo alce, el que
la sigue gateando o corriendo, o el que no se despega de ella manifiestan
conductas de apego. Pero la abundancia de esas manifestaciones no es prueba de
que exista un buen apego. Por el contrario, es posible que un niño que exige la
presencia continua de la madre, que no se puede separar de ella ni un momento,
no tenga necesariamente una relación buena. Precisamente con esas conductas de
apego exageradas lo que pone de manifiesto es que está inseguro en la relación,
que puede tener miedo a la separación, que no tiene confianza plena en la
disponibilidad de la figura de apego.
CUADRO 9.7. Episodios de la situación extraña de Ainsworth
Número
del episodio
|
Personas
presentes
|
Duración
|
Breve
descripción de la acción
|
|
1
|
Madre,
bebé y observador
|
30 seg.
|
El
observador introduce a la madre y al bebé en la sal experimental y sale.
|
|
2
|
Madre
y bebé
|
3 min.
|
La
madre no participa mientras el bebé explora; si resulta necesario se estimula
el juego después de 2 minutos.
|
|
3
|
Extraña.
madre y bebé
|
3 min.
|
La
extraña entra. Primer minuto: la extraña está callada. Segundo minuto: la
extraña habla con la madre. Tercer minuto: la extraña se acerca al bebé.
Transcurridos los 3 minutos la madre sale silenciosamente.
|
|
4
|
Extraña
y bebé
|
3 min. ó menos
|
Primer
episodio de separación. La conducta de la madre está determinada por la del
bebé
|
|
5
|
Madre
y bebé
|
3 min. ó más
|
Primer
episodio de reunión. La madre saluda y/o conforta al bebé, luego trata de que
vuelva a jugar. Luego la madre sale diciendo “adiós”.
|
|
6
|
Bebé
solo
|
3 min. ó menos
|
Segundo
episodio de separación
|
|
7
|
Extraña
y bebé
|
3 min. ó menos
|
Continuación
de la segunda separación. La extraña entra y adapta su conducta a la del
bebé.
|
|
8
|
Madre
y bebé
|
3 min.
|
Segundo
episodio de reunión. La madre entra, saluda al bebé y luego lo alza. Entre
tanto, la extraña sale discretamente.
|
Precisamente en las separaciones es donde mejor se aprecia la
calidad del apego. Ya Bowlby, sobre la base de otros trabajos, había señalado
la importancia y trascendencia que tenían separaciones breves en la conducta
del niño. Ainsworth diseñó lo que se llama la situación extraña que consiste en
una sucesión de episodios que se realizan en una habitación desconocida para el
niño en los que está con la madre, con una mujer desconocida (la “extraña”) o
solo. En el cuadro 9,7 se recogen los distintos episodios. Cuando la madre sale
en el episodio 4, el niño suele manifestar su malestar y conductas de apego,
como llanto, llamadas o búsqueda. En los episodios 6 y 7 suelen producirse
también conductas de apego y los episodios de reencuentro con la madre permiten
valorar la calidad de la relación.
A través de los datos que se generan en los distintos
episodios, y que requieren un detenido análisis, se puede distinguir entre
niños “apegados con seguridad”, es decir, niños que manifiestan conductas
positivas hacia la madre tras la separación breve y que Ainsworth denomina
apego de tipo B. Los niños con resistencias, es decir, que tienen un apego
ambivalente, de tipo C, manifiestan no sólo conductas positivas, sino también
negativas y de oposición, como protestas, pataleos, etc. Finalmente, hay niños
que evitan el contacto, tienen un apego de evitación, de tipo A, manifiestan
conductas de ignorancia o conductas de evitación de la madre, como desviar la
mirada, etcétera.
El establecimiento de esta primera relación tiene una enorme
importancia para las relaciones sociales posteriores y también para el
desarrollo intelectual del niño. Existe una relación estrecha entre la
exploración del mundo que el niño realiza y el apego. El niño utiliza la figura
materna como una base segura desde la cual explorar y aunque el apego consiste
en mantenerse en la proximidad de la figura momentáneamente y explore.
Frecuentemente el niño se separa, examina un objeto o una zona y vuelve a mirar
hacia la madre. Si ésta continúa allí y establece el contacto visual continúa
la exploración, si no trata de restablecer
contacto, vuelve hacia ella o interrumpe la actividad.
CUADRO 9.8 Tipos de apego según Ainsworth
|
Grupo
|
Tipo de apego
|
Características
|
% Ss EE.UU.
|
|
A
|
Evitación
|
Evita a la persona que le cuida durante los episodios de reunión.
Tiende a tratar a la extraña de la misma manera, o a veces más positivamente
que a su cuidadora.
|
20 – 25
|
|
B
|
Seguro
|
Busca la proximidad y el contacto con la figura de apego,
especialmente durante los episodios de reunión. Manifiesta una clara
preferencia por la cuidadora sobre la extraña.
|
65
|
|
C
|
Ambivalente
|
Tiende a resistir la interacción y el contacto con la cuidadora aunque
presenta también conductas de búsqueda de la proximidad y el contacto.
|
10 - 15
|
El sistema de interacciones entre el niño y la madre es muy
complejo y pronto se va estableciendo una gran sintonía entre ambos, que no
existía al principio. Por ejemplo en las sesiones de alimentación, ya a las dos
semanas, cuando el niño inicia una pausa en la succión la madre lo mece,
produciéndose una gran sincronía. Madre y niño constituyen un sistema diádico
con una gran sincronía, gracias a que cada uno está preparado para establecer
la interacción.
Así pues, una buena relación con una o varias figuras permite
más independencia que una mala relación. No sólo una mala relación hace al niño
menos activo, sino más dependiente y menos social. Una mala relación puede
suponer además malas relaciones con el entorno. Frecuentemente los niños
agresivos, los niños que lo rompen todo, lo golpean todo y son insoportables
para los adultos que les rodean están protestando contra su estado, están
manifestando su malestar. A menudo la única manera que tiene un niño de que le
atiendan es romper algo, hacer algún desastre. Eso va a permitir que se ocupen
de él, aunque sean para castigarlo, para pegarle, pero al menos se ocupan de
él. Podríamos considerar que es una respuesta inadecuada, indeseable, pero es
la única que se le presenta al niño como posible.
Las relaciones entre el niño y la madre son de gran
complejidad y están determinadas por múltiples factores, tales como el sexo del
bebé, su grado de actividad, su bienestar o malestar físico, el ambiente
inmediato, la clase social, etc. igualmente influyen ésos y otros factores
respecto a la figura materna (y decimos figura materna para recordar que puede
ser la madre biológica, una madre adoptiva, el padre u otro adulto). Todos esos
factores interaccionan de formas variadas y, por ejemplo, una mala situación
física puede llevar a una mala relación, que incremente la mala situación
física.
Imaginemos que una madre tiene un embarazo no deseado, por
las razones que sean. Su conducta hacia el hijo que tiene dentro no va a ser
positiva. Puede que no se cuide suficientemente. Los pensamientos negativos
hacia su situación pueden determinar que no mantenga una alimentación adecuada,
un régimen de descanso suficiente, se encontrará en una situación de tensión.
Esto puede ya afectar de manera desfavorable la salud del niño.
Cuando nace, la situación puede mantenerse. Si el parto es
problemático, la actitud negativa se puede incrementar. Si la madre no tiene un
apoyo de su entorno social inmediato, el nacimiento no va a ser más que una
fuente de problemas y el niño/a puede ser visto como el causante de la
situación.
La mala relación se puede traducir en la situación de
alimentación en la lactancia. Además muchos psicólogos sostienen que el primer
contacto entre el niño y la madre después del nacimiento tiene una gran
importancia posterior. El malestar del niño se va a traducir en lloros, en
molestias para los padres (madre). No deja dormir por la noche, es irritable,
etc. La irritación se transmite a los adultos. Así se entra en un círculo
vicioso, difícil de romper, en el que todos se ven afectados y perjudicados.
Un niño no deseado tiene muchas posibilidades de ser
desdichado. Por eso es mucho mejor para él no nacer, que nacer en situación deplorable.
El aborto es una solución mala, pero lo que olvidan los enemigos de la
legalización del aborto es lo que pasa después, el triste camino que le espera
a un niño no deseado, que no nace con un entorno social adecuado. Y ese entorno
social adecuado no lo va a reemplazar nadie mediante leyes ni mediante
declaraciones.
CUADRO 9.10. Sistema
diádico sincronizado
|
NIÑO
1. 1. Situación del niño:
- Indefenso y necesitado de la madre
- Preadaptado socialmente.
- Activo buscador de las figuras sociales
1. 2. Actividades del niño:
a) a) Conductas procuradoras de contacto corporal
- reflejos: prensor
de
Moro
de
búsqueda
de
succión
- tendencia al contacto y al abrazo
b) b) Preferencia sensorial por estímulos sociales:
- Conducta visual
- Conducta auditiva.
c) Sistemas de señales de comunicación social:
- gestos
- llanto
- sonrisa
|
MADRE
1. Situación de la madre:
- Con capacidad para cuidar y satisfacer al hijo
- Ya socializada.
“Sensibilidad especial” para interactuar con el niño
2. 2. Actividades de la madre:
a) a) Tendencia al contacto corporal con el niño: caricias, abrazos,
mecimientos, etcétera.
b) b) Conducta “especial” de la madre:
- visual
- sonora
c) c) Sistemas de comunicación “especiales”:
- gestuales
- verbales
|
Tomado de: F.López, “El apego”, en Marchesi, Palacios y
Carretero, Psicología evolutiva, vol. 2, 1983.
Una actitud favorable hacia el niño, por el contrario,
favorece el establecimiento de buenas relaciones. Es siempre necesaria una
acomodación niño – madre después del nacimiento. Pero sí en la madre hay una
actitud positiva, si goza del apego de los que están a su lado, la acomodación
se va a producir sin dificultad. La influencia del entorno social es enorme, y
la descomposición de las estructuras sociales más próximas al individuo que ha
tenido lugar en nuestra sociedad, no favorece que la relación del niño con el
medio realice de la mejor manera posible.
De todas formas, el sistema niño – madre – entorno es algo
suficientemente complejo como para que no exista una causalidad muy directa.
Los estudios de hace 30 ó 40 años trataban de detectar las relaciones que una
mala relación social temprana o la carencia de madre o de padre podían tener
años más tarde. Pero esas influencias directas son difíciles de detectar, sobre
todo porque se ha visto que una mala situación temprana se puede compensar
posteriormente. La mala relación con la madre, o su ausencia, puede ser
reemplazada por otros adultos o incluso por compañeros. Anna Freud, la hija del
fundador del psicoanálisis, estudiando después de la segunda guerra mundial el
caso de niños supervivientes de campos de concentración observó un pequeño
grupo de niños que habían establecido lazos muy estrechos entre ellos, lazos
que tenían semejanzas con los que habitualmente se establecen con adultos,
manifestando ansiedad ante la salida de uno de los niños, con contacto físico
frecuente, etcétera.
Hoy se piensa que los acontecimientos que suceden durante los
primeros años son muy importantes pero no son irreversibles. La influencia de
una situación puede compensarse posteriormente. Y cuanto más pronto trate de
corregirse una situación desafortunada, una experiencia traumática, una mala
relación, más fácil puede ser compensarla. Por ejemplo, los niños adoptados
pueden formar excelentes relaciones con los padres adoptivos, pero cuanto antes
se produzca la adopción más fácil será. Algunos autores señalan que es
conveniente que se produzca en los cuatro primeros años, pero incluso posterior
mente se pueden formar buenas relaciones. Se descubre que la plasticidad del
ser humano es enorme y que puede compensar muchas experiencias desdichadas,
aunque lo mejor es, sin duda, tratar de evitar que se produzcan.
Una buena relación hace mucho más fáciles las separaciones.
Por ejemplo, los niños que asisten a guarderías, y a medida que las mujeres
trabajan, cada vez hay más tendencia a que vayan a ellas, pueden mantener
excelentes relaciones con sus madres. No es un problema de horas de relación,
sino de la calidad. El niño tiene que sentir a la madre, y a otros adultos,
como personas en las que se puede confiar plenamente, que van a tener una
conducta positiva en cualquier circunstancia, de tal manera que esa confianza
está por encima de los límites que se imponen al niño o de las regañinas que
tiene que sufrir.
El sistema afectivo
maternal
Las investigaciones sobre el apego en los humanos se han
visto muy enriquecidas por los estudios con animales y sobre todo con otros
primates. Por ello puede resultar útil examinar la descripción que hace Harlow
de los sistemas de relaciones estudiados en los macacos.
El primer sistema afectivo que analizan Harlow y Harlow
(1966), centrándose principalmente en el macaco rhesus, es el sistema afectivo
maternal. Sin embargo, Harlow sostiene que se pueden encontrar las mismas
etapas en los simios y en los hombres. Estas etapas son las siguientes: 1.
Etapa de apego y protección maternal; 2. Etapa de transición o ambivalencia y
3. Etapa de separación o rechazo. Esas etapas se presentarían de la misma
manera, en todos los antropoides, aunque en los simios se prolongarían el doble
de tiempo que en los monos, y en los hombres el doble de tiempo que en los
simios. También señala Harlow que las etapas aparecen más claramente en los
monos que en el hombre por la mayor simplicidad e invariabilidad con que se
manifiestan y, también, en el mono pueden estudiarse más cómodamente y se
pueden realizar experimentaciones como de hecho hizo Harlow en los famosos
experimentos. Con madres sustitutas de alambre y de felpa.
1.
Etapa de protección y apego. En esa primera etapa la madre presta una
atención total a la cría y la acepta completamente. Satisface sus necesidades
nutritivas, de temperatura y de eliminación, le proporciona un contacto físico
íntimo que resulta muy importante y protege a la cría de amenazas externas y de
los peligros a los que ase expone la propia cría. La madre vigila continuamente
a la cría y la mantiene siempre al alcance de su brazo. La etapa dura tres o
cuatro meses en los macacos, siendo el doble en los simios y cuatro veces mayor
en los seres humanos.
2.
Etapa de transición o ambivalencia. La madre continua atenta pero
permite que la crías realice una mayor exploración, al mismo tiempo que empieza
a reprimirla cuando hace cosas que considera que no deben permitirse. Empieza a
manifestar respuestas negativas que tendrían como función el que la cría
empiece a independizarse, y esos rechazos facilitan que la cría se relacione
cada vez más con el medio físico y con el medio social. Sin embargo, la cría
sigue permaneciendo en proximidad con la madre durante el anochecer, por la
noche y en la primera parte de la mañana, y el resto del tiempo permanece al
alcance de la vista o de la llamada de la madre, que sigue protegiéndola de
peligros externos.
3. Etapa de
separación maternal. En un cierto momento, la madre comienza a rechazar más
fuertemente a la cría, llegando a hacerlo de una manera muy brusca y repentina
cuando aparece un nuevo bebé. Esos casos pueden a veces, ser traumáticos y las
crías son en algunas especies adoptadas por machos. Pero en muchas especies, la
separación es más lenta y, aunque las crías ya no mamen, pueden permanecer
junto a la madre durante largos años, sobre todo si son hembras, e incluso en
el período adulto, y parece que se pueden producir relaciones que duran en la
etapa adulta y, posiblemente, a lo largo de toda la vida.
Así pues, vemos cómo la actitud de la madre se adapta a las
necesidades de la cría, garantiza su supervivencia y, al mismo tiempo, facilita
la separación y la independencia de ésta que, sin embargo, no se producía en
las monas de felpa de las experiencias de privación que Harlow realizó, ya que,
en esos casos, la mona estaba siempre disponible y no rechazaba a la cría, no
obligándola por tanto a buscar la compañía de los compañeros de edad.
Es ilustrativo considerar estos comportamientos porque en los
humanos no se producen de una manera tan clara y nítida, pero en definitiva el
camino que hay que recorrer es el mismo. También es necesario que se produzca
una separación de la madre y el niño, para que éste llegue a comportarse de una
manera independiente.
El sistema afectivo
filio – maternal
Dado que las relaciones entre madre e hijo no son simétricas,
el sistema de relaciones que establece el hijo hacia la madre transcurre por
una serie de etapas complementarias pero distintas de las anteriores. Harlow
distingue cuatro etapas dentro de este sistema que son: 1. etapa refleja; 2
etapa de comodidad y apego; 3. etapa de seguridad; 4. etapa de separación.
1.
Etapa refleja. Las primeras conductas del mono son de naturaleza
refleja, como las de los hombres e incluyen prensión con la mano y el pie,
abrazar, gatear, el reflejo de búsqueda y hozamiento, succión, etc. Esas
respuestas empiezan a ser sustituidas entre los 10 y los 20 días por respuestas
más voluntarias. Esas respuestas reflejas sirven para mantener el contacto con
el cuerpo de la madre y Harlow caracteriza esta etapa más de ajuste físico que
de socialización.
2.
Etapa de comodidad y apego. Comienza en la segunda mitad del primer mes
y es cuando se empiezan a formar vínculos entre la madre y la cría. La cría se
mantiene pegada al cuerpo de la madre con brazos y piernas y dirige la boca
hacia el pezón, aunque muchas veces no realice una actividad nutritiva, y ese apego
no nutritivo aumenta con la edad dentro de esta etapa. Harlow señala que las
pautas de enseñanza de los niños limitan las posibilidades de succión no
nutritiva y hace que el niño explore otros objetos con la madre. Hay además un
contacto visual y un seguimiento cuando la cría se separa de la madre. Además,
la cría imita la conducta de la madre no sólo siguiéndola, sino explorando los
objetos físicos y así la cría se beneficia con la experiencia materna y realiza
una exploración guiada. Las dos primeras etapas se corresponden con la primera
del sistema materno filial, es decir, la de protección y apego.
3.
Etapa de seguridad. La cría comienza a explorar más y más y recibe de la
madre un sentimiento de seguridad intenso. La actividad exploratoria se
incrementa cuando la madre está presente, y esa seguridad es, entonces, un
estímulo para la exploración del mundo físico. La cría utiliza a la madre como
una base desde la que explorar, volviendo periódicamente a ella o manteniendo
el contacto también de forma periódica. A medida que va creciendo, ese contacto
se va haciendo más esporádico hasta que se pasa a la siguiente fase.
4.
Etapa de separación. La seguridad que se ha obtenido en la tercera etapa
facilita el proceso de separación. Ésta a su vez es estimulada por la actitud
de rechazo de la madre que lanza a la cría al contacto con el mundo físico y
con otros compañeros. Pero la seguridad que la cría ha adquirido constituye un
elemento positivo que facilita su independencia y la separación. La curiosidad
de la cría le impulsa a mantener contacto y explorar el medio, pero se ve
limitado, primero, por el control de la madre, y luego por los propios miedos
de la cría que constituyen un vínculo de unión con la madre que sin duda reduce
los peligros. Las relaciones con la madre van cambiando, y van haciéndose más
esporádicas, al tiempo que se establecen relaciones más estrechas con los
compañeros de edad que, según Harlow, no sustituyen los vínculos afectivos
maternales, sino que se convierten en vínculos adicionales para satisfacer las
necesidades afectivas. Hablaremos de ello en el capítulo 17.
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